Homenaje al Cardenal Elio Sgreccia

Ha fallecido el 5 de junio de este año el Cardenal Elio Sgreccia, presidente emérito de la Academia Pontifica de la vida y autor de numerosos textos rectores de bioética. Su extraordinario Manual de Bioética es un instrumento fundamental de estudio para todo el que quiera aproximarse a los problemas relacionados con la vida y la salud de la persona humana.

Cuando uno recorre sus páginas en las que destila su experiencia como capellán de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica del Sagrado Corazón se observa la pasión y propósito de la medicina toda: cuidar la vida humana.

La medicina, y en ella englobo a todos los agentes de salud, en una sociedad laica, pluricultural y heterogénea desde el punto de vista moral, son o deben ser los custodios de la vida humana: desde el primer instante de la concepción hasta el último suspiro. Los que además somos religiosos agregamos los valores espirituales a la tarea encomendada por la sociedad. Esa es la razón por la que quienes desempeñamos éste servicio debemos oponernos a ser partícipes del aborto, la tortura, la discriminación, la experimentación bajo coerción o coacción, la pena de muerte y la eutanasia. Esta oposición fundada en la razón de nuestra vocación no necesita de razones religiosas, se refuerza por ella, se amplifica por ellas, se profundiza en ellas, pero puede ser compartida por todos aquellos que no profesen nuestra Fe.

El cuidado de la vida en gestación es el cuidado de la persona más vulnerable de todas: no es para nosotros un ser en potencia o una persona en potencia, es una persona humana plena de potencialidades.  Su cuerpo cambia, como cambiará a lo largo de toda su existencia extrauterina: será cigoto, mórula, blástula, embrión, feto, neonato, niño, joven, adulto y viejo, pero siempre será él, humano, íntegro, único, original, limitado y carenciado. No está preformado, esa es su forma, siempre cambiante y dinámica, pero única expresión de la totalidad de su ser. Su cuerpalma, su unicidad biológica, histórica y espiritual. La hominización atraviesa todas esas etapas cambiantes, hacernos hombres es una tarea de toda la vida.

El cuidado de la persona creciente es el cuidado armonioso del desarrollo de la persona en su físico, su psique y su espíritu. El cuidado del cuerpo, la alimentación y el deporte; el cuidado de los sentidos, el intelecto y las emociones; el cuidado de los valores, el arte y la oración. El descuido de alguna de las facetas de la educación desequilibra y amputa el desarrollo de la persona. El desarrollo de todas esas potencias es humanizarnos y es la tarea de toda le existencia consciente de la persona humana. Elegir siempre el bien, es elegir ser libres, es elegir ser humanos.

El cuidado de la persona sufriente es la proximidad con la enfermedad, la carencia, el dolor y la limitación. Nuestra tarea como médicos es la búsqueda de restauración y alivio, por eso decía mi maestro Don Carlos Landa que la medicina es esencialmente liberadora. El encuentro con el límite nos permite descubrir el sentido de la existencia:

la calma en el dolor,

la paz en el agobio,

la esperanza en la desolación,

la solidaridad en la carencia,

el perdón en la ofensa.

Todos somos acreedores y deudores.

Es en la indigencia cuando descubrimos la solidaridad humana.

Siempre seremos carentes, sólo nuestra proximidad nos permite superar las carencias, es compartiendo el pan como saciamos el hambre.

El cuidado de la persona muriente es el cuidado de la persona en su último viaje, cuando llegue la hora del descanso final, expresión y síntesis de la vida toda. Se muere como se vive. El cuidado de la persona en esa situación es el cuidado de la dignidad humana, el cuidado con la expropiación de la muerte. Expropiación de la conciencia, expropiación del ámbito, expropiación del tiempo, expropiación del legado. La muerte es un encuentro íntimo, personal e indelegable con el creador. Es la entrega en las manos de quien dio sustento y sentido a nuestra vida, que sea pacífica, sin dolor, rodeado por los afectos más próximos, forma parte de una buena medicina, la mejor que podemos brindar. Asistir a los hombres en lecho de muerte es cuidar del Hijo del Hombre agonizante en cada cruz, en cada barrio, en cada hospital, en cada cama. Ahí la oración se hace carne y habita entre nosotros. La comunión con el muriente es honrar la vida hasta el último aliento.

El camino a la santidad de quienes elegimos el cuidado de la persona sufriente consiste en descubrir la alegría del servicio al menesteroso. Eso nos enseñó, entre otros, Santa Teresa de Calcuta. Esa alegría de los santos de la puerta de al lado nos recordó nuestro Pastor en Gaudete et Exsultate. Esa pasión por el cuidado de la vida es lo que nos enseña cotidianamente la Iglesia.

Eso transmitió con fidelidad el Cardenal Elio Sgreccia y hoy ruego por su alma.

 

Un abrazo a la majada

Ernesto Gil Deza