Hay momentos en la vida que hacen trastabillar todas las estructuras: la muerte de un ser amado, el diagnóstico de una enfermedad grave, la pérdida del trabajo, una traición… son situaciones que ponen nuestro mundo patas para arriba.

Cuando eso me sucede, vuelvo con frecuencia a la meditación de los tres primeros versículos de la Biblia.

Allí el Génesis empieza con una afirmación: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Eso infunde tranquilidad a mi alma: Dios continúa su obra creadora, la realidad, todo cuanto conocemos, nuestra propia existencia es fruto del amor creador del Padre, redimidos por el amor del Hijo y regenerados por la fuerza del Espíritu.

Es interesante que inmediatamente después de tal afirmación categórica nuestros Padres describen la escena en la que se manifiesta por primera vez Dios: “La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas”.

En ese momento es dónde encarno en esa realidad caótica, confusa, oscura, abismal y acuosa, la situación que me perturba.

Las situaciones caóticas son aquellas donde las leyes de la naturaleza, la lógica y la cronología pierden sentido. Una causa tiene múltiples consecuencias y múltiples causas confluyen en una sola consecuencia. Ayer, hoy y mañana se fusionan en un siendo, que entremezcla todas las cosas. Eso genera confusión y desorden, la emoción se mezcla con la razón, la velocidad se hace vertiginosa y el miedo paraliza. Esto se completa con la oscuridad, todo pierde relieve, la vista pierde su dominio sensorial y todo cuanto nos rodea es amenazante.

Ante esta situación la realidad adquiere dos condiciones: acuosa y abismal.

                     Acuosa. El agua tiene la particularidad de estar presente en los tres estados de la materia: sólida, líquida y gaseosa. También la realidad adquiere estas tres formas: creemos que nuestra vida es sólida como una roca, nuestra situación es fuerte como el diamante, que nuestras relaciones son firmes y estables, pero de pronto todo pierde firmeza, se diluye el piso en que nos asentamos, las estructuras se deforman, inclusive vemos como en algunos casos la firmeza sólida se sublima en vapores sutiles. 

                     Abismal. En cada crisis vital hay una metáfora que vuelve recurrentemente: todos caminamos sobre una delgada capa de hielo tendida sobre un abismo. Nuestra razón busca las causas y el sentido de nuestros padecimientos y empieza nuestra caída libre. No nos ayuda la ciencia, que nos explica con exquisito detalle el devenir de la materia, estudiando la homogeneidad y uniformidad de los fenómenos, pero desprecia las originalidades, los datos que salen de la norma y los fenómenos que no son reducibles a números; tampoco es consuelo el azar que distribuye por doquier dones y penas, da y quita por igual, no es injusto, es simplemente ciego.

Es entonces cuanto pareciera que estamos perdidos donde la Palabra vuelve a nuestro auxilio.

El agua primordial es también bautismal. Sobre ellas aletea el Dios de la creación y sobre ella llega la Palabra redentora del Señor en la barca. El agua tempestuosa se hace remanso que purifica, redime, vivifica y auxilia. El agua mana sin parar desde la herida abierta hasta la eternidad. Muchas veces nuestras estructuras sólidas funcionan como diques que impiden que la vida fluya. Muchas veces nuestros canales impiden que fertilice las orillas. Muchas veces los vapores muestran la futilidad de algunas de nuestras fortalezas. El agua viva llega a lo más recóndito de nuestro ser y lo hace todo nuevo.

El abismo no se rellena de materia, es el ser quien se eleva ante el llamado. No sorteamos el abismo desde nuestra naturaleza sino respondiendo a la Gracia. Despojarnos de las ataduras, liberarnos de nuestras anclas y cadenas, eso nos da ligereza para poder aletear hacia Él.

En ese instante “Dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz.”. No la luz de la razón ni del cálculo sino la de la Fe.

La luz que dice que Dios no puede ser abarcado en ninguna definición ni fórmula, que el misterio trasciende nuestra miopía, que la cruz, escándalo y la locura, encierra para nosotros una sabiduría mucho más profunda. No es la Fe en una respuesta, no es la Fe en un vacío, es la Fe en una persona. Señor de todo el mundo, del universo entero y de mi pequeña parcela. Señor de toda la Historia, la historia de la creación y de mi insignificante viñedo.  

Allí es dónde la luz me religa con el misterio filial de mi bautismo y me entrelaza con el misterio fraternal de la Iglesia peregrina y sufriente. Nada nos hace tan hermanos como la desdicha y nada nos hace tan hijos como la Gracia: “Que se haga tu voluntad”.