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Magazine Orbe 21

El Magazine Orbe 21 comenta las noticias del mundo y del país; las actividades de las distintas diócesis y del Vaticano. Con la presencia de invitados especiales, informes y notas de color para que conozcas la realidad desde otro punto de vista. Conducido por Belén Badía.

 

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Dr. Ernesto Gil Deza

Virtudes Saludables

Hoy no está de moda hablar de las virtudes del hombre, se habla de talento, se habla de éxito, se habla de escándalos, pero no se habla de cultivo de las virtudes. Porque las virtudes son consecuencias de un hábito, son consecuencia del ejercicio cotidiano de buscar el bien. Josef Piepper el gran filósofo alemán va más allá cuando sostiene: “El hombre virtuoso es tal que realiza el bien obedeciendo a sus inclinaciones más íntimas”, es decir está convencido que la humanización del hombre consiste en descubrir que nuestra razón de ser es hacer real el bien. En esta serie de pequeñas reflexiones sobre las virtudes nos centraremos en aquellas que hacen bien y nos hacen bien, que nos dan vida y salud, que nos permiten ser mejores.

Foto de Dr. Ernesto Gil Deza

Y el cuerpo se hizo templo

Y el cuerpo se hizo templo

El tiempo de Adviento y Navidad son tiempos propicios para reflexionar sobre el origen de la vida, la construcción de la familia, las injusticias de los poderosos y la vulnerabilidad de los desamparados. También es un tiempo propicio para evaluar nuestro propio corazón como pesebre y nuestros propios prejuicios sobre las aventuras y desventuras de aquellos a quienes vemos de lejos, cuan solidarios somos o dejamos de ser con quienes menos tienen. Pero hoy quiero reflexionar sobre otro fenómeno, cómo la encarnación de Cristo cambió nuestra manera de ver el cuerpo, el “cuerpalma” que somos.

Los seres humanos somos creaturas complejas. Nuestra naturaleza está compuesta al menos por dos realidades: una realidad material, formada por átomos, moléculas, células, tejidos, órganos y sistemas, que es una realidad mensurable, sujeta a las leyes de la física y de la química, esto sería “la tierra y el agua” del primer relato de la creación, nada nos diferencia desde esta perspectiva con el resto del cosmos, nuestro ser material está compuesto por “polvo de estrellas”; una segunda realidad es el “aliento de Dios”, la vitalidad de ese manojo de átomos no puede ser explicada solamente por su composición química, la conciencia del tiempo y del espacio no puede ser explicada solamente por el funcionamiento neuronal, la participación en el deleite de la belleza y el bien, el altruismo y la creatividad no pueden ser explicadas sólo desde la neurofisiología evolutiva, pero si nada de eso bastara para descubrir esa otra realidad espiritual del hombre deberíamos tratar de explicar el sentido y anhelo de trascendencia que tiene todo hombre mientras limitamos al hombre a su realidad material.

Por eso el hombre es un “cuerpalma” como decía mi maestro Don Carlos Landa o una “almateria”. El cuerpo del hombre no es su cadáver, no es lo que queda cuando muere, ni el cuerpo del hombre es el de un animal que vive instintivamente y sólo en el presente. Por eso el hombre todo, es al mismo tiempo cuerpo y espíritu, no hay nada en el hombre exclusivamente corporal ni tampoco nada exclusivamente espiritual; no es que el uno influye en el otro o viceversa, todo él es esa unidad. Por eso el dolor físico nos deprime, reduce nuestros anhelos y esclaviza nuestro ser: porque nos duele todo; pero del mismo modo el efecto placebo,  la creencia en el beneficio de un fármaco potencia sus efectos liberándonos del padecimiento, no sólo espiritualmente sino también corporalmente es capaz de bajar la fiebre, reducir la tensión arterial, el colesterol y muchas otras variables “corporales”.

Pero si esta realidad cotidiana para los médicos, del efecto devastador de un síntoma o el efecto liberador de un placebo, no bastara para comprender la unidad de esa realidad, deberíamos recordar el efecto que tiene para nuestra supervivencia el sentido de nuestra vida, tal como Viktor Frankl lo descubrió en los campos de exterminios Nazis. La noogénesis de nuestros padecimientos y tratamientos.

Ahora, con Cristo, esa realidad formidable de ser humano adquiere una nueva dimensión: se transforma en templo.

Todo un Dios se hace carne.

A esa maravilla corpórea y anímica, capaz de sentir, pensar y crear, se le suma ahora la posibilidad adorar a Dios desde su propia carne.

Un templo que no es construido por mano humana sino creado por el mismo Dios. Un templo que no está destinado a encerrar a Dios, como si fuera su propiedad, sino a expresarlo en toda su ser. Un templo que no está destinado a que se lleven a cabo oraciones sino que está convocado a orar.

Por eso la “sacralidad” de ese templo. Para nuestra concepción todo el universo creado culmina en el hombre, toda el tiempo se concentra hace dos milenios, todo el espacio se reduce a un pesebre en Belén. Por eso nuestros hermanos a veces no nos comprenden ¿Todo el universo para el hombre? ¿Toda la eternidad para hace dos milenios? ¿De todos los imperios Roma? ¿De todas la mujeres una virgen de Nazaret? ¿De todas la comarcas Belén? ¿De todos los lugares un pesebre? ¿De todas las noches Navidad? Si. Y lo más importante la Navidad para la Pascua. En ese punto cambió la historia. Pero no sólo la historia de la humanidad sino la historia de cada hombre nacido ulteriormente.

A partir de allí cada hombre es convocado a ser un hijo santo de Dios.

Por eso, para quienes creemos, nuestro deber es cuidar y servir a la vida del hombre desde su concepción hasta su muerte.

Desde cuando su cuerpo no parece sino una célula más, un tejido más, un órgano más; desde que la única expresión de su ánima es apenas un soplo de vida; hasta cuando su espíritu se desvanece en la noche de la amnesia y la locura, o su cuerpo hecho un guiñapo, apenas respira contrahecho en la anteúltima morada. Cuidar aquel y a éste por lo que son: humanos. Es decir: hermanos, sin otro condimento ni adjetivo.

Otros templos, quizás oran de otra manera; quizás adoran de otra manera; tienen otra cultura, ideas o razones; forman parte del misterio de un Dios que ama hasta la entrega total sin acepción de personas.

Nosotros fuimos destinatarios de esa Buena Nueva. A nosotros se nos reveló ese amor ¿podemos entonces no amar? Esta navidad es un momento propicio para preguntarnos ¿hasta dónde dejo que ese misterio nazca en mí? ¿Hasta dónde manifiesto esa nueva realidad de “cuertemplo” dónde Dios se expresa?

Un abrazo y Feliz Navidad a la majada

Ernesto

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Sobre el autor:

En la actualidad, Ernesto Gil Deza es Director de Investigación y Docencia del Instituto Henry Moore. Activamente comprometido en la divulgación de temas relacionados con su especialidad y en el pensamiento científico, ha colaborado con numerosos medios y canales, entre ellos Canal Orbe 21, donde presentaba el programa “HM Salud”.

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